ACTIVIDAD_15.- CAMBIANDOLE EN FINAL A UN CAPÍTULO
EL TÚNEL
Ernesto Sabato
Capitulo XVII
Durante más de un mes nos vimos
casi todos los días. No quiero rememorar en detalle todo lo que sucedió en ese
tiempo a la vez maravilloso y horrible. Hubo demasiadas cosas tristes para que
desee rehacerlas en el recuerdo.
María comenzó a venir al taller. La
escena de los fósforos, con pequeñas variaciones, se había reproducido dos o
tres veces y yo vivía obsesionado con la idea de que su amor era, en el mejor
de los casos, amor de madre o de hermana. De modo que la unión física se me
parecía como una garantía de verdadero amor.
Diré desde ahora que esa idea fue
una de las tantas ingenuidades mías, una de esas ingenuidades que seguramente
hacían sonreír a María a mis espaldas. Lejos de tranquilizarme, el amor físico
me perturbó más, trajo nuevas y torturantes dudas, dolorosas escenas de incomprensión, crueles
experimentos con María. Las horas que pasamos en el taller son horas que nunca
olvidaré. Mis sentimientos, durante todo ese período, oscilaron entre el amor
más puro y el odio más desenfrenado, antelas contradicciones y las
inexplicables actitudes de María; de pronto me acometía la duda de que todo era
fingido. Por momentos parecía una adolescente púdica y de pronto se me ocurría
que era una mujer cualquiera, y entonces un largo cortejo de dudas desfilaba
por mi mente: ¿dónde?, ¿cómo?, ¿quiénes?, ¿cuándo?
En tales ocasiones, no podía evitar
la idea de que María representaba la más sutil y atroz de las comedias y de que
yo era, entre sus manos, como un ingenuo
chiquillo al que se engaña con cuentos fáciles para que coma o duerma. A veces
me acometía un frenético pudor, corría a vestirme y luego me lanzaba a la
calle, a tomar fresco y a rumiar mis dudas y aprensiones. Otros días, en
cambio, mi reacción era positiva y brutal: me echaba sobre ella, le agarraba
los brazos como con tenazas, se los
retorcía y le clavaba la mirada en sus ojos, tratando de forzarle garantías de
amor, de verdadero amor.
Pero nada de todo esto es
exactamente lo que quiero decir. Debo confesar que yo mismo no sé lo que quiero
decir con eso del <<amor verdadero>>, y lo curioso es que, aunque empleé
muchas veces esa expresión en los interrogatorios, nunca hasta hoy me puse a analizar
a fondo su sentido. ¿Qué quería decir? ¿Un amor que incluyera la pasión física?
Quizá la buscaba en mi desesperación de comunicarme más firmemente con María.
Yo tenía la certeza de que, en ciertas ocasiones, lográbamos comunicarnos, pero
en forma tan sutil, tan pasajera, tan tenue, que luego quedaba más
desesperadamente solo que antes, con esa imprecisa insatisfacción que
experimentamos al querer reconstruir ciertos amores de un sueño. Sé que, de
pronto, lográbamos algunos momentos de comunión. Y el estar juntos atenuaba la
melancolía que siempre acompaña esas sensaciones, seguramente causada por la
esencial incomunicabilidad de esas fugaces bellezas. Bastaba que nos miráramos
para saber que estábamos pensando o, mejor dicho, sintiendo lo mismo.
Claro que pagábamos cruelmente esos instantes,
porque todo lo que sucedía después parecía grosero o torpe. Cualquier cosa que
hiciéramos (hablar, tomar café) era doloroso, pues señalaba hasta qué punto
eran fugaces esos instantes de comunidad. Y, lo que era mucho peor, causaban
nuevos distanciamientos porque yo la forzaba, en la desesperación de consolidar
de algún modo esa fusión, a unirnos corporalmente; sólo lográbamos confirmar la
imposibilidad de prolongarla o consolidarla mediante un acto material. Pero ella
agravaba las cosas porque, quizá en su deseo de borrarme esa idea fija, aparentaba
sentir un verdadero y casi increíble placer; y entonces venían las escenas de
vestirme rápidamente y huir a la calle, o de apretarle brutalmente los brazos y
querer forzarle confesiones sobre la veracidad de sus sentimientos y
sensaciones. Y todo era tan atroz que cuando ella intuía que nos acercábamos al
amor físico, trataba de rehuirlo. Al final había llegado a un completo
escepticismo y trataba de hacerme comprender que no solamente era inútil para
nuestro amor sino hasta pernicioso.
Cuando esta actitud sólo lograba aumentar mis
dudas acerca de la naturaleza de su amor, puesto que yo me preguntaba si ella
no habría estado haciendo la comedia y entonces poder ella argüir que el
vínculo físico era pernicioso y de ese modo evitarlo en el futuro; siendo la
verdad que lo detestaba desde el comienzo y, por lo tanto, que era fingido su
placer. Naturalmente, sobrevenían otras peleas y era inútil que ella tratara de
convencerme: sólo conseguía enloquecerme con nuevas y más sutiles dudas, y así
recomenzaban nuevos y más complicados interrogatorios.
Lo que más me indignaba, ante el hipotético
engaño, era el haberme entregado a ella completamente indefenso, como criatura.
— Si alguna vez sospecho que me has
engañado
— Le decía con rabia—te mataré como a un perro.
Le
retorcía los brazos y la miraba fijamente en los ojos, por si podía advertir
algún indicio, algún brillo sospechoso, algún fugaz destello de ironía. Pero en
esas ocasiones me miraba asustada como un niño, o tristemente, con resignación,
mientras comenzaba a vestirme en silencio.
Un
día la discusión fue más violenta que de costumbre y llegué a gritarle puta.
María quedó muda y paralizada. Luego, lentamente, en silencio, fue a vestirse
detrás del biombo de las modelos; y cuando yo, después de luchar contra mi odio
y mi arrepentimiento, corrí a pedirle perdón, vi que su rostro estaba empapado
en lágrimas. María me miro a los ojos y
me preguntó —
¿Por qué me has dicho eso?, yo me quede sin palabras y solo balbuceé, luego
ella me tomo de la mano y me besó intensamente, era ilógico que hiciera eso y
sin embargo lo hiso; desde luego que yo
esperaba más una bofetada o un ¡vete al infierno!, pero luego comprendí porque
María me había besado.
Nos sentamos a la orilla de la cama
donde una y otra vez nos entregábamos al amor físico y fue entonces cuando
María me confeso todo; dijo que estaba casada con un ciego inservible y que
amantes como yo había tenido a muchos, que la palabra puta no le hacia el mas
mínimo rasguño, también recuerdo algo mas que me dejo con el corazón destrozado
y es que ella dijo; — Sos
completamente fantástico Juan Pablo y tan fácil de engañar. Luego sonrió, se
levanto de la cama y me dejo ahí sin decir nada más.
Corrí de tras de ella, le agarre de un
brazo y luego con tanto enojo y dolor en el corazón estrangule sin compasión el
cuello de María hasta dejarla muerta, ¡pobre María de todos modos la hubiera
matado para que no fuese de nadie más!